
Por: Rosalinda Mariño R.
Aceptaría encantada que me dieras una idea. Hay conductas mejores que quedarse ahí parado impasible, impertérrito, incólume, y digo más: imperturbable, indiferente. No es de gente decente hacer silencio cuando te piden respuesta, no es de gente honesta escuchar y no emitir ni un murmullo. Me ves cavilando y callas como quien lleva un nudo en la garganta, o muchos, o algunos mundos con sus planetas y constelaciones. Insisto: hay conductas mejores.
Tal vez necesitas tiempo, lo sé, a veces quiero todo para ayer; de forma rápida, súbita, instantánea, lo asumo: no existe la palabra calma en mi diccionario. Tal vez debo esperar que surja de ti la frase precisa, en el momento idóneo; aunque te conozco, eres de pocas palabras o de ninguna, más bien eres de dudas, de muchos ojos. Eres de causarme antojos, de hacerme creer que el violeta no me va bien, de ponerme a pensar, de obligarme a sonreír, eres de los que me recuerdan las ojeras, la asimetría de mis cejas, de los que hacen que uno se vea por dentro, muy adentro de sí mismo, hasta el abismo.
Quién pudiera darte voz y dientes y lengua, y darte también humedad para que echaras todo hacia afuera, quién pudiera oír siquiera tu pensamiento, interpretar tu susurro, quien leyera tu cara de puntos suspensivos. Quién reparara en pensar que te cansas de oírnos, de oírme. Quién mirara un poco tu corazón.
Porque tal vez eres tú quien necesita hablar, decir que te cansas de tantas preguntas, dudas, exigencias de respuestas; de repetir imágenes cansadas de polvo, muertas de espera, de mirar las mismas telarañas adornando los mismos portarretratos en que se detuvo el tiempo.
Lo siento, y pido perdón por el mundo. Si te cansé mostrándote mi falda prêt-à-porter, si te cansó la madrastra de Blancanieves inquiriendo sobre su belleza, si te cansamos todos por no escuchar tus ojos gritando deseos.
Ahora agradezco tantos reflejos. Gracias, espejo.
