Lo más importante para mí han sido los ojos húmedos de los asistentes (escritores, libreros, editores, lectores) tras escucharme leer un párrafo de las páginas 29 y 30. En esos ojos se visibilizó la emoción invisible. Entremos en detalles:
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Lo más importante para mí han sido los ojos húmedos de los asistentes (escritores, libreros, editores, lectores) tras escucharme leer un párrafo de las páginas 29 y 30. En esos ojos se visibilizó la emoción invisible. Entremos en detalles:
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Tres cuentos que han de necesitar más de lo que parece, más de lo necesario, Más de lo que se necesita para dejar de vivir, más de siete vidas, más de lo que tarda en romperse nuestra paciencia.
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Poseen una inercia imparable los árboles. Inercia de dar.
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Lo que yo más quiero, supongo que como todos, es poder con todo.
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Lo que quiero decir es que yo sentía todo abierto, vivo y milagroso, como si me encontrara en una llanura y nada ni nadie levantara un palmo del suelo, todos iguales, gentes pobres y exitosas, miraba igual a un mendigo que a un actor de Hollywood (recuerdo coincidir con un par de ellos en Nueva York), miraba su estructura molecular, y estoy seguro que si hubiera llegado a una de esas fiestas del Greenwich Village y me hubiera abierto la puerta un marciano, le habría dado un abrazo y sonreído igual que a Eduard Norton o a Keanu Reeves (los dos que conocí), exactamente igual.
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Quedaron muchas cenizas de ese fuego, me ensucian el camino y delatan mi paso.
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Uno de los relatos más creativos de Edgar Allan Poe, en la traducción de Julio Cortázar.
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Y así, hasta el día de hoy, con ese objetivo, he estado mintiendo como un bellaco por aquí. Comencé escribiendo artículos en los que Lana era la protagonista. Eran declaraciones de amor, confesiones en las quedaba claro que seguía enamorado de ella. La mayor mentira de esos primeros textos era que yo expresaba mi convencimiento de que Lana no leía las columnas, cuando en realidad sabía perfectamente (tengo mis informantes) que sí las leía.
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Hoy, día 25 de diciembre de 2018, día de Navidad, día del nacimiento de Jesús, me siento como Herodes. Igual que Herodes, siento que mi singularidad está amenazada por un puñado de paisanos cuyo pecado fue nacer en un lugar determinado (Logroño, España), un determinado día (4 de enero de 1983) y a una determinada hora (13:35). Voy a empezar por el principio, como siempre, y como siempre, voy a divagar todo lo que necesite.
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En fin, como decía, en este fotograma que veis estoy mirando a Lana en el público. O sea que miro a cualquier mujer mulata, negra, que haya entre el público, la miro siendo consciente de la farsa que supone, de la transmisión inconsciente de afectos que establezco entre la elegida y la desconocida. Y cuando escribo sobre ella también soy consciente de la farsa. Y también cuando escribo sobre Cacto o sobre mis novelas. Incluso cuando escribo en internet. Sé que estoy tan loco como cualquiera, que no soy sólo mi perfil.
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Buenos días. Estoy un poco contrariado porque todo lo que escribo, a mi entender, es tristísimo, pero a vosotros, mis lectores, os divierte.
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Esta fotografía me la tomaron el pasado domingo en el Jardín Botánico de Berlín. Me disfracé de Juan el Bautista. Os voy a contar el episodio, como si fuera Juan el Evangelista, para dar testimonio, para que no se pierda mi predicación.
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Presentamos un atípico relato, narrado de manera poco convencional, del libro Los espejos están adentro, de Sergio Marentes.
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Presentamos dos cuentos del libro «Delitos de poca envergadura», de Simón Ergas* con ilustraciones del coautor Rafael Edwards.
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Les presentamos nuestra edición de mayo 2017.
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Presentamos el relato, ‘Oro verde, oro negro’, de Ricardo Montiel, un peatón venezolano en Buenos Aires.
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Depende de si estoy sola o si no. No introduzco los dedos. Solo me toco por encima. Caricias y sobadas. Me froto y aprieto mis piernas y mi sexo contra la almohada.
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