«El hilo del deseo», un cuento de Juan Santiago Gómez

Foto: Sally Mann.

 

Por la mañana teníamos presente el mal olor que subía desde el río, aunque aún no tenía esa contundencia, esa mala garra, esa densidad de mierda que se podía masticar casi en el aire. El desayuno humeaba frente a nuestras caras y el vapor calentaba como una dulce caricia tan necesaria cuando el sueño está taladrando el buen funcionamiento cerebral con su inmisericorde sabotaje de la vida matutina. Sabíamos que íbamos tarde pero el afán se traducía, solamente, en un masticar frenético que realmente no apresuraba el fin del desayuno. Nos veíamos sobre el banquete de la mañana y no queríamos partir, una cuerda invisible se tendía entre ambos vinculándonos como el cable por el que van los teleféricos, uniendo dos colinas lejanas. Nuestra mirada resbalaba dulcemente recordando la noche, saboreando con la tostada el cansancio tan satisfactorio que sentíamos.

Afuera lloviznaba, justo eso. La tibieza interior y el apresuramiento frío de la calle contrastaron fuertemente. Me dijo que iba a entrar por otro saco porque parecía que el frío disolviera su abrigo pero le dije que debería esperar a aclimatarse al frío, sino a fin de día tendría encima tantas mantas y abrigos como la princesa del cuento. Me hizo caso, aunque yo mismo no estaba seguro de su efectividad. Si tan solo llegara el taxi pronto y nos rescatara de la gélida llovizna. Mientras esperábamos la abracé y puse mis manos en sus nalgas para confrontarla. Fue raro el gesto, ella se removió un poco bajo mi cuerpo como anoche cuando sintió mi peso por primera vez. Claramente era extraño, el cable que nos unía era todavía delgado y quizás ni siquiera destinado a sobrevivir, en últimas, era solamente el rezago erótico de un primer polvo, las lixiviaciones que quedan escurriendo con la superficial confianza que construye la penetración. ¿Quiénes éramos, al fin? Solamente dos conocidos, unidos por el mortal relacionamiento de los ritos fúnebres, del olor dulzón y bochornoso de los arreglos florales, de la sobriedad de la conversación ante los deudos, de la mirada astrosa que cae sobre las cosas con un dejo de descreimiento y despecho.

Cuando llegó el taxi, se había reincorporado entre los dos ese lazo púrpura que ceñía cada parte de nuestra relación, tan azarosa y escandalosa, marcada por la muerte. Cambiábamos palabras corteses y quizás solamente un poco en el fondo de nuestra conciencia presente persistía el recuerdo del deseo. Me atreví todavía a sacarle un mechón de cabello que había atrapado entre sus labios sin darse cuenta, me sonrió y tocó mi rodilla, como una tía con su sobrino. Presentíamos las miradas y el cielo gris que no podía ser más cliché pero misteriosamente preciso, lleno de sentido en ese ámbito de dolor que habitábamos, bello después de todo, maternal en el luto.

Dos cuadras antes de llegar nos bajamos para que no nos vieran llegar en el mismo carro. Que llegáramos juntos caminando era algo que podía justificarse más fácil, solamente nos encontramos en la puerta, nos saludamos y en el intercambio de palabras que podía haber entre una viuda y el sobrino del difunto habíamos seguido andando juntos sin percatarnos de ello.

Desde un rincón el padre se acercó a ella y yo me desprendí del todo del recuerdo de la noche, del vapor del desayuno, de sus nalgas, de su cabello entre los labios.

El ataúd, que esperaba custodiado por la gimoteante hermana del cadáver, inspiraba el respeto de un tótem que atraía con círculos concéntricos, con un campo gravitacional propio. Me acerqué. Mi tío siempre había sido un tipo parco y diligente, quizás allí se resumía el zumo de su personalidad, alguien que no quedaba mal nunca, transido del afán por el deber en todas sus extensiones. Pulcro, puntual y preciso en el ataúd como en las rutinas de su vida. Levanté la mirada y la vi mirándome. Por sobre el ataúd, de nuevo, se tendió un hilito de deseo fúnebre entre los dos.

 

(*) Juan Santiago Gómez. Escritor, músico y gestor cultural de Marinilla, Antioquia.

 

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Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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