
La sonrisa es ese órgano que se crea y se destruye pero que nunca se transforma. Una condición a la que soy proclive, aparte de la de vivir, es a sonreír. Sonrío porque sí, porque no, porque tal vez y porque no sé. También carcajeo, como es natural, si la cosa se pone muy graciosa, o, aunque sea, sonrío levemente por decencia, antipatía o simple etiqueta, pero la sonrisa es un solo estado del ser que debo de ser, la medida perfecta del ser que seguramente soy: sonríes mejor cuando estás completamente lleno de ti. Y lo que nos haga sonreír a unos o a otros es indiferente al tema, como lo es lo que entristece o conmueve al que lee y al que escribe. En mi caso, me entristece notoriamente el montón de personas que son felices porque deben, porque de ellos es el reino de este mundo; también esos que se ajustan a la felicidad comunal, para limpiarse de tanto, deberán esperar a ser reciclados por la vida. Lo bueno de esto es que habrán quienes, por ejemplo, se reciclen a lo largo de este texto, o, mejor aún, antes de seguir más allá de la primera línea o del título. Así que si usted, lector anónimo, no es feliz porque quiere, o por lo que quiere, tiene tiempo de recordar qué lo hace verdaderamente feliz y perseguirlo con sed, con hambre, pero sobre todo, con amor. También le digo que sonría, que quizá otro lo vea y sienta que sonrió por él, para él, con él, porque quien sonríe se salva y deja ser a quienes no necesitan sonreír para estar felices, y viceversa.
Que no sobre aclarar que esto lo escribí sólo para mí. Disculpen la tardía advertencia, ocupados y defraudados siete mil millones de lectores.

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La sonrisa…