Era lindo cuando había pudor. Con su misterio, su dignidad, su consideración por el otro. Algo parecido está empezando a pasar con la tristeza, la están desapareciendo. Silenciándola con pastillas de apagar estrellas.

Por: Martín Echeverría
Esta mañana, en la ducha, una idea me bajó desde la nuca como una melaza helada: defender la tristeza.
Un piedrazo al ajedrez de las sombras.
Todo el sistema de consumo y construcción de sentido en el que vivimos chapoteando, te unta permanentemente los ojos por dentro con imágenes de “gente feliz”. Las muecas patéticas en los afiches de cuanto producto, candidato, banco, detergente o lo que sea, dan un gran mensaje de fondo: somos felices, podemos consumir.
Hasta los perros sonríen en las publicidades. Y nadie por sí sólo, o como integrante de algún grupo de cualquier cosa, puede elevar tanto y tanto tiempo la voz con un mismo mensaje. La hermandad de los inventores del consumo tiene un gran poder comunicacional, que va mucho más allá del fin utilitario, puntual, de vendernos su jabón.
El otro metamensaje del gran hermano es el miedo. Están matando a alguien todo el tiempo en los noticieros. Alguien no aparece hace seis días. Alguien que importe, claro, o que dé rating. A otro famoso le robaron un reloj. Pusieron otra bomba en el Metro de Santiago. Parece que no era ébola, pero sí. O viceversa. Pasa una semana, un mes, un año, dos, tres… Nada cambia, o algo cambia para que nada cambie. Miedo y consumo. Miedo a no poder consumir. Miedo del miedo mismo, que nos consume. Apago esa tele, lo más hondo que puedo. ¡Clic!
Pero, en el canal abierto de la real realidad, la gente habla más de los dramas de otros, los de la televisión, que de su propia realidad. Es que parece que cuesta mucho más ser pensada o aún sentida. O “sentipensada” como dice el compañero Galeano.
Y, si no están los otros, los negadores: Hola, ¿“todo bien”? Sí, todo bien. La casa, los chicos, todo bien! Todo bien, obvio. ¿Vos? Todo bien.
A veces sospecho que este es el mardefondo de la vida de millones, en los países detergentes, perdón, “emergentes”, que es lo mismo, pero más ideológicamente elegante, que decir lo países sumergidos.
Lo que más bronca me da de todo esto, es la deslegitimación de los sentimientos verdaderos que uno tenga ganas de sentir. ¡Que mi tristeza no vale!
Estos sentimientos discriminados, ninguneados, cuando no ridiculizados o estereotipados en los medios de comunicación, van poniendo un límite a lo que “se puede” expresar en los distintos ámbitos cotidianos.
Además, los sentimientos son consumidos y pasan de moda. El pudor por ejemplo. ¡¿Dónde quedó el pudor?! Una antigualla absurda frente al exhibicionismo masivo en las redes sociales y los medios.
Era lindo cuando había pudor. Con su misterio, su dignidad, su consideración por el otro.
Algo parecido está empezando a pasar con la tristeza, la están desapareciendo. Silenciándola con pastillas de apagar estrellas. Corriendo de ella con actividades sudorosas que nos llevan al reino de las endorfinas y la dopamina.
¿Pero qué será del mundo si desaparecen la tristeza? ¿Qué sentiremos después del dolor?, o ¿tampoco nos dejarán el dolor? Porque los motivos para sentir estas cosas, además de estar vivos, no parecen que vayan a cambiar súbitamente. Las desigualdades fratricidas, la degradación del ambiente, las distintas formas de esclavitud moderna y la violencia que todo esto genera; son cosas reales para sentir.
Tristeza, no-te-tenemos-miedo
Pero el asunto es que, solamente transitando estas calles del dolor, la tristeza, el desamor; podemos generar sus anticuerpos. La resiliencia, esta capacidad de convivir y superponernos al dolor, no se consigue escapando de él en pantalones cortos por verdes praderas, o pintando sobre su pared húmeda con una pasta de olvido y tierra. ¿Podemos ser destruidos en el intento? Sí, claro. Pero también estamos siendo cocinados en este caldo espeso de intereses ajenos que nos aletarga el sentir. Que nos mutila humanidad.
Defendamos pues la tristeza, mejor es aprender a convivir con ella. Seguro será mejor maestra, seguro le dará un sentido más real a la vida. Esto no es regodearnos en ella, pero si reivindicar el derecho a sentir. Sin este derecho ejercido apasionadamente, ¿qué sería de la poesía, de los poetas, de los lectores?
A cuento de esto, les comparto tres propios poemas tristes, bellos probablemente, porque tal vez sean hijos guachos de la tristeza.
Copihue Herido
(Contra todas las soledades que dejó el
terremoto de Chile en 2010)
En la ñiebla con uña
caracol nocturno
ya inundan tan lento
caracol sin vientre
las larvas caracol mordiendo
los pies de alados muertos
ya viene caracol
se siente.
Cortando
caracol sin dientes
los puentes caracol.
Rompiendo tendones del alma caracol.
Arando silente los pianos por medio.
Estallan palabras sin trueno
caen cornisas de mis versos
sílabas cortantes caracol
y sangran con ruidos extraños
los niños descalzos que corren al cerro.
Y viene un rumor maligno
que raja caracol la tierra
los gallos rojos
los hijos dormidos.
Y mezcla caracol
vientre marino
una venganza de madre rota
de ultrajada niña
y recoge caracol la mar
tan lento caracol su red
de crepitante oquedad
de espesa sed.
Tensa caracol
con voz de lacerado grillo
justo aquí
en el ombligo del grito
este espanto que viene caracol
sombreando el mundo
y no hay hombre bueno
que no pueda sentirlo.
Y avanza tan lento caracol
rumiando sus sombras este espanto
y en la ñiebla caracol
se va viniendo una bola enorme:
con uña
con llanto sucio
con olor a casa vieja
con estrella de mar hecha añicos
con retorcida mueca
y zapatos perdidos
y desbocados
caballos
amarillos.
Así
en gran silencio con
movimiento adormecido
golpea despacio en el pecho
del hombre sencillo
la bola gigante
[con uña, mueca y añicos]
y cae en la arena el hombre sencillo
y le sale la mar por los ojos en forma de pena
y le parece un sueño la muerte caminando en la
caleta
copihue herido
ermitaña sangre
caracol marino.
Quién anda ahí
Quién anda por la casa
Quién con la sed de rastros
Recorre los pasillos transparentes del tiempo…(sigue leyendo)
Lo No
Sus rostros se dibujan con las líneas de miles en las calles
Ellas los buscan… (sigue leyendo)
@echeverriapoeta en Twitter. En Facebook; y aquí su blog personal.

Estoy maravillado con esta defensa de lo humano, que es lo que supone defender la tristeza y del dolor, sin rehuir la realidad. Permíteme que incluya un poema mío, con el primer comentario recibido: – ¡Qué triste, no?
…ESPERANDO
La soledad, calando hasta los huesos,
no es lo amargo
de este caminar hacia no se sabe
donde.
Lo amargo es no sentir el paso,
pensar que todo es para nada,
que todo da lo mismo.
Lo amargo es no saberse
uno más
y
creerse sin destino.
Son tantas soledades enclaustradas
en cuerpos ya vencidos, sin lucha y sin sentido,
vagando en un desierto inexistente,
ahíto de mentiras y traiciones,
de falsos soles
que solo dan calor a los que ya lo tienen.
La imagen,
lo más manipulado,
lo que no es real,
lo falso…
es lo que vende en este Gran Mercado.
Y ahí estamos todos,
solos,
rendidos…
…esperando.
COMO ME GUSTAN ESTAE TIPO DE POESIAS ¡¡¡ME IDENTIFICA ¡¡¡¡¡
Fina lectura y gran aporte.
Gracias Grojol, aprendiz de libre!