
Una flor no viene en busca de un hombre. No va, de hecho, hacia ningún lugar; viene de las tinieblas a iluminar el mundo con el mismo desinterés del fruto, con la misma libertad del niño que juega; se mueve hacia ningún lugar y viniendo de todos. Como sea, las flores son esos pocos sitios que nos quedan para yacer y enmendar los grandes errores de la humanidad antes de que todo termine; tendidos en una flor hasta podríamos enmendar lo irremediable. Una flor no viene en busca de un hombre, ni siquiera si viene de esa tierra fértil que es el suelo del corazón. Una flor no sabe que existe un hombre que la ve.
Hay un campo florido que me observa escribir un cuento. Si me arriesgara a adivinar lo que piensan diría que se lo preguntan. Diría que conversan en su lenguaje liviano sobre ese hombre que escribe mientras las observa y aspira con fuerza sus aromas corporales. Diría que se ponen de acuerdo para liberar un poco de su capacidad visual al viento e ir hasta mi hombro y espiarme. Diría que leen sorprendidas que escribo sobre ellas. Diría que entran por mi oído para llegar a mis pensamientos y, al hallarse allí, deciden recorrer el resto del paisaje extraño que las alberga por donde se les ocurra. Diría que, a medida que avanzan, liberan segmentos de vida que, según donde caigan, germinan o mueren. Diría cualquier cosa que me salve.
Escribo un cuento en medio de un campo florido sobre esa flor que nace del fondo de esa caverna que llevamos dentro. En realidad lo intento porque apenas si cavilo sobre lo que quiero que diga el cuento. Escribo es un decir, apenas van primeras palabras:
«Una flor no viene en busca de un hombre…»

Gracias por recordarnos que en una flor caben todos los soles del mundo.