Desde siempre oímos voces que disienten, o aprueban, según sea el caso, todo lo que decimos o pensamos. Oímos voces que conversan con nosotros sin nuestro permiso.
Desde siempre oímos voces que no sabemos lo que preguntan porque a lo mejor no están preguntando sino respondiendo. Y eso, además, nunca lo sabremos, a menos que estemos en la cabeza de otro hablando sin parar.
