El pequeño estaba sentado. El pequeño estaba sentado al frente de la pared blanca. Había otras tres paredes blancas y juntas formaban una habitación perfectamente cuadrada. El pequeño miraba la pared, sentado en una silla blanca, la única que había en la habitación. Estaba vestido con un pantalón blanco, una camisa blanca, un par de medias blancas y unos calzoncillos blancos. Sus zapatos también eran blancos…
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Guardar en un cajón nuestros recuerdos más preciados no es lo más rentable, aunque sí lo más saludable. Condenar al olvido, dentro de cuatro paredes de madera o de cartón, viene a ser como condenar al recuerdo cuando, por casualidad tal vez, descubrimos que teníamos cuentas pendientes con nosotros mismos.
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«una ciudad que no merece palabras
un cuerpo que no merece la sangre
un hogar con una delgada capa de polvo
un río seco, un pájaro mudo, un perro sin dientes».
Modigliani, al menos, no llegó a perder sus facilidades creadoras. No tuvo tiempo de llegar a ese estado de decrepitud que hubiese amargado aún más sus últimos días. La tuberculosis ha sido siempre considerada como una de esas enfermedades que no perdonan y Amadeo tuvo la “suerte” de contraerla.
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Existen miles de razones de gustar el cine de Raúl Ruiz, pero citemos sólo tres: su capacidad para montar historias, el espectáculo maravilloso de sus efectos especiales y su ritmo pausado, cadencioso y sereno. Es decir, todo aquello que hace la eficacia del cine estadounidense, diferenciándolo en una actitud profunda y obsesivamente personal, de una imaginación visual que perpetuamente se va desbordando de sus propios límites.
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Estas dos últimas semanas han sido especiales para Literariedad y queremos compartir nuestra alegría con nuestros lectores y lectoras ya que todo el placer que sentimos de hacer esta revista tiene que ver con ese vínculo que hemos venido afianzando y seguimos construyendo nota a nota. Porque una de las cosas que nos impulsa a escribir semanalmente es el saber que desde diferentes lugares del mundo nos están leyendo.
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Alí Calderón con ‘Las correspondencias’ nos presenta un poemario que busca el conocimiento del yo interior, ese yo tan escurridizo. Lo hace a través de una obra metafórica que nos presenta a Muerte y a Amor en distintos tiempos y lugares. Muerte es también cambio y nacimiento. Amor, no es solo sentimiento, también es búsqueda eterna del yo verdadero, es sed de conocimiento.
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En “Del desierto” de Cicuta Teatro la búsqueda intencional de la derrota aterra, exhibe una faceta nueva. El fracaso puede ser una elección personal y no un hado funesto como lo entiende la tragedia típica. El fracaso pensado igual que un deseo irresistible y no como una imposición del destino.
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Una reseña de Ricardo Rodríguez sobre ‘Robledo, el usurpador’ de César David Salazar Jiménez, Editorial Del Ahogado el Sombrero, 2014.
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Lo valioso de este libro radica en el minucioso y bien narrado testimonio de un hombre que vivió a la par de Pablo Escobar, un héroe que lo superó en mucho, pero que murió bajo sus órdenes y las de un Estado permisivo y cientos de políticos, y a quien parece haber tragado más rápido el olvido.
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Juan Guillermo Ramírez hace un seguimiento de cerca a Drácula, Frankenstein, El Dr. Jekyll and Mr. Hyde, King-Kong, y a todos los monstruos del cine.
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«sobre el mar, el viento espera las nubes.
el barco extiende las velas como pulmones.
sobre la arena, el aire juega con las dunas.
el hombre cae y se cubre la boca»
La poesía marca sus señales, sugiere rutas, destinos como en el libro “El Anarco y la Lira”. Para los lectores colombianos de poesía, una compilación de esta naturaleza, no deja de causar inquietud.
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Humberto estaba soñando con un pato a la naranja humeante en el centro de la mesa. Su madre lo cortaba en pequeños trozos. Le dijo que prefería una tajada grande, pero ella no le hacía caso. Cuando ya había reunido varias partes del pato, la mujer sacó un hilo y una aguja y empezó a coserlas. ¿Esto era lo que querías?
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somos una red infinita de herencias finitas
una lluvia de caminos que van para su propio sitio
Es un hombre, pero podría ser otra cosa: una catástrofe, un rugido, el viento. Sentado en una butaca cubierta por una manta, viste camisa de jean, un suéter beige que tiene varios agujeros, un pantalón de corderoy. A sus espaldas, una puerta corrediza separa la sala de un balcón en el que se ven dos sillas y, más allá, un terreno cubierto por plantas, por arbustos. Después, el Océano Pacífico, las olas que muerden rocas como corazones negros.
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«-Yo he ejercido siempre la poesía como una inmersión en las profundidades del yo. Este yo no es el yo individual, sino el yo colectivo, naturalmente.»
Leer más¿Tienes una cuenta de WordPress.com? Accede ahora.
