Raúl Ruiz o el simple acontecer de la banalidad

El cine es como un mundo de amnésicos, en el que cuando se acaba una toma de realidad, pasan muchas cosas antes de que empiece la siguiente y nosotros creamos una continuidad, a la manera como el amnésico parcial ve su vida.
El cine es como un mundo de amnésicos, en el que cuando se acaba una toma de realidad, pasan muchas cosas antes de que empiece la siguiente y nosotros creamos una continuidad, a la manera como el amnésico parcial ve su vida.

Por: Juan Guillermo Ramírez

Retirado en las paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos. Quevedo.

Bajo el signo de Leo nace Raúl Ruiz en Puerto Monnt al sur de Chile, el 23 de julio de 1941. Después de realizar estudios de teología y derecho, filma su primera película La maleta en 1960, a la edad de 19 años. Viaja a la provincia de Santa Fe (Argentina) e ingresa a la Escuela de Cine que abandonará un año después.

En 1965 viaja a México como guionista y libretista de series policíacas para televisión. Adapta igualmente piezas de teatro y novelas cuya preferencia se centra en la obras de Truman Capote y del novelista y poeta chino Lou Sin. A los 28 años contrae nupcias con Valeria Sarmiento, correalizadora, asistente de dirección y encargada del montaje de la mayoría de las películas de Ruiz. A raíz del golpe de estado en Chile, a finales de 1973, viaja en febrero del año siguiente a París y en 1975 colabora con Pascal Kané en la elaboración del guión de la película Dora.

Pasado un mes de su llegada, Raúl filma Diálogos de exiliados, una clara inspiración de la obra dramatúrgica de Bertold Brecht. Casi a una regularidad de película realizada por año, y a veces hasta dos, el chileno permanece en Francia un poco olvidado de su continente, tal vez olvidado por su América, quizás entregado a la nostalgia, o creando más historias en su memoria, quizás siendo más de su patria chica, o quizás visitando una vez al año a su madre para desearle feliz cumpleaños.

Existen miles de razones de gustar el cine de Raúl Ruiz, pero citemos sólo tres: su capacidad para montar historias, el espectáculo maravilloso de sus efectos especiales y su ritmo pausado, cadencioso y sereno. Es decir, todo aquello que hace la eficacia del cine estadounidense, diferenciándolo en una actitud profunda y obsesivamente personal, de una imaginación visual que perpetuamente se va desbordando de sus propios límites. El mundo, para este importante realizador chileno en particular y reconocido ampliamente en Europa, se convierte en poesía, es fantasmagórico. Su factura cinematográfica, su quehacer creativo es de un cine total que envuelve al espectador en una burbuja y lo hace flotar entre los conceptos del ser y del no ser. Es el cine hecho por las manos y mente de prestidigitador, de un hipnotizador que no da cuartel. La pantalla hipnotiza, atrapa e incomoda las pupilas del público que lo aprecia y reaccionan ante las imágenes intentándolas atrapar. Raúl Ruiz nos remonta a G.K. Chesterton: la religión, los debates teológicos, la investigación policíaca, el humor, el gusto obsesivo por las paradojas y por la utilización de estructuras invisibles dadas por el espacio y el tiempo. Ruiz posee una colección ilimitada de ideas, que quiere llevarlas al inmenso mundo de la pantalla, al proyectarlas se elabora, de alguna manera, una nueva historia del arte cinematográfico. En sus películas no existe una afición posible que se inscriba en el presente. Sólo vive en el pasado o en los días que están por venir.

Para un ojal cuatro botones:

Mammame. 1985.

Me he quedado un poco con el neorrealismo. En Chile, cada vez que filmaba una secuencia tenía que desplazar la cámara a un punto de vista no privilegiado para el espectador. Tenía una cierta tendencia al hacer planas secuencias, al dejar hablar a la naturaleza. Había una especie de puritanismo. Pero me he dado cuenta que este puritanismo tenía mucha aridez. En América latina no es necesario tocar la naturaleza y cuando los cineastas del nuevo cine han comenzado a tocarla, se han convertido en estéticos, en puramente decorativos.
Me he quedado un poco con el neorrealismo. En Chile, cada vez que filmaba una secuencia tenía que desplazar la cámara a un punto de vista no privilegiado para el espectador. Tenía una cierta tendencia al hacer planas secuencias, al dejar hablar a la naturaleza. Había una especie de puritanismo. Pero me he dado cuenta que este puritanismo tenía mucha aridez. En América latina no es necesario tocar la naturaleza y cuando los cineastas del nuevo cine han comenzado a tocarla, se han convertido en estéticos, en puramente decorativos.

Un chorro de luz blanca inunda un gran salón, una música romántica cubre toda su atmósfera. Un decorado sobrio pero hermoso se abre y respira desde que ha sido descubierto por sus ocupantes; un grupo de personas que se encuentran allí para realizar una velada de baile, para intercambiar sus recuerdos comunes. Nadie conoce la historia de ellos, simplemente ellos están allí. Como la ocasión de toda fiesta se hace manifiesta: se mezclan las miradas, las pasiones, las ilusiones privadas y los instantes frágiles entre las parejas. El hilo conductor permanece tenso, continuo: en ese extraño salón, hombres y mujeres se encuentran descubriéndose al mundo de comportamientos no comunes, de gestos propios de relaciones entre personas que no imitan la vida sino que ofrecen otras variantes. Es un espectáculo que va más allá de las historias tradicionales, se centra en el universo sonoro compuesto de música y de un lenguaje incomprensible. Es la oportunidad precisa para poder ver la técnica empleada por Raúl Ruiz sin llegar a perderse por los meandros de la ficción. Es un viaje a través de historias dispuestas como islas en un archipiélago. ¿Cómo filmar la danza? ¿Cómo mediante el objetivo de una cámara se filma el movimiento, la fugacidad del gesto, el instante suspendido en la cresta efímera de una ola? Raúl Ruiz lo sabe muy bien. Ese es su oficio y su pasión.

Memoria de las apariencias. 1986.

Tengo que reescribir una buena parte de los diálogos durante la filmación. He querido hacer una película al estilo de algunas novelas cerradas, herméticas, esotéricas, como la novela de Gustav Meyrinck o la de Baldwell Lynton. Son novelas que tienen la forma de folletín, pero que ocultan verdades eternas. En mi caso, las verdades eternas eran algunas paradojas matemáticas, tan clásicas como la paradoja del mentiroso.
Tengo que reescribir una buena parte de los diálogos durante la filmación. He querido hacer una película al estilo de algunas novelas cerradas, herméticas, esotéricas, como la novela de Gustav Meyrinck o la de Baldwell Lynton. Son novelas que tienen la forma de folletín, pero que ocultan verdades eternas. En mi caso, las verdades eternas eran algunas paradojas matemáticas, tan clásicas como la paradoja del mentiroso.

A comienzos del mes de abril de 1974, el profesor de literatura española Ignacio Vega fue encargado de aprenderse de memoria 15.000 datos concernientes a la resistencia durante la dictadura militar. Para cumplir con esta tarea, no tenía sino una semana. Así, tenía que encontrar una eficaz táctica, un adecuado método mnemotécnico. Se acordaba que durante su adolescencia se tuvo que aprender la comedia de Calderón de la Barca, La vida es sueño en tres días y tres noches. Utiliza entonces la pieza de Calderón como recurso mnemotécnico. Para cada verso asocia el nombre de un militante, en cada metáfora una dirección, en cada estrofa una operación militar. Diez años pasan entre el final de su historia y el comienzo de ésta. Se encuentra a comienzos del verano de 1984 en Valparaíso y bajo un nombre falso, toma un cuarto en el Hotel Paraíso. Tres días después pasan antes que pueda encontrar un contacto confiable. Este contacto le exige reconstruir, en el más breve término la red perdida de diez años. Durante una larga noche, hace esfuerzos considerables para acordarse de una estrofa, de un verso. Pasada esta interminable noche, decide abandonar esta misión. Para cambiar de ideas, irá al cine, y más precisamente irá al teatro de su infancia, corriendo el riesgo de encontrar allí algunas viejas amistades, antiguos amigos. Ilusión, memoria y apariencias, todo esto circula en este film como si estuviéramos en el más hermoso de los sueños.

La lechuza ciega. 1987.

Leí una frase de Wagner que decía: ‘Es necesario ir a París y después partir porque no se puede hacer nada serio en esa ciudad’. Como yo no soy alemán, me queda muy difícil obedecer a Wagner.
Leí una frase de Wagner que decía: ‘Es necesario ir a París y después partir porque no se puede hacer nada serio en esa ciudad’. Como yo no soy alemán, me queda muy difícil obedecer a Wagner.

Bajo este nombre extraído de una novela fantástica, de un clásico de la literatura escrita en los años 30, se desarrolla la historia inscrita en la mitad del sendero que comprende los poemas melancólicos de Edgar Allan Poe y los cuentos orientales. Del primero se recupera la economía de los sentimientos ubicada entre la vigilia y el sueño, entre este mundo y el más allá. De las historias orientales se toma su justo valor, el encaje perfecto de las situaciones. Habría un tejido de sueños repetitivos, que poco a poco, se dejan engullir en el mundo lúgubre, sombrío, de las congeladas ciudades del norte. Se puede decir que toda la historia está contada desde el punto de vista de un soñador. Es necesario afirmar, o suponer que este soñador llega súbitamente al sueño como cuando se siente un dolor agudo y persistente. Este soñador “penitente” es un espectador de su propia vida, de la misma manera que se es espectador de una película. En esta historia el narrador Sadegh es un proyeccionista que será condenado a proyectar la película de su crimen en la sala de cine de la prisión, en donde él se encuentra recluido enfermo en vida. El narrador, un árabe inmigrante de unos 35 años, es un operador de un viejo teatro. Un día atraído por la música, mira a través del tragaluz de la cabina de proyección aquello que lo cautiva: la bailarina del film parece fijar su mirada directo a sus ojos. Se enamora de ella pero la visión no dura más que un instante, y la joven mujer no aparece más. Poco después un anciano entra en la cabina y pretende ser su tío. El narrador quiere prepararle una comida y al coger la botella de aceite, mira la etiqueta y allí encuentra la imagen de la bailarina. Raúl Ruiz fabrica una película que es a la vez un extraño viaje oriental (el cine como aventura del mundo) y una exploración íntima (el cine como autoaventura).

El profesor Taranne. 1987.

Tengo la tendencia de ver el mundo como un museo. Hay, por lo tanto, obras de arte y repeticiones, es una situación grotesca el estar afuera de la cultura, siendo que ésta es considerada como desarrollo. Pero la cultura ocupa un lugar, es una superstición suramericana y nosotros estamos al exterior. Por otra parte, los latinoamericanos son muy europeos en el sentido en que ellos no son ni franceses, ni españoles, ni alemanes. Ellos tienen una visión de conjunto que puede ser comprendida en el peor de los sentidos: se dice Dante y La divina comedia y punto, se dice Dostoievski y Crimen y castigo y punto, se dice Joyce y el Ulises… estoy fascinado por la historia de Francia.
Tengo la tendencia de ver el mundo como un museo. Hay, por lo tanto, obras de arte y repeticiones, es una situación grotesca el estar afuera de la cultura, siendo que ésta es considerada como desarrollo. Pero la cultura ocupa un lugar, es una superstición suramericana y nosotros estamos al exterior. Por otra parte, los latinoamericanos son muy europeos en el sentido en que ellos no son ni franceses, ni españoles, ni alemanes. Ellos tienen una visión de conjunto que puede ser comprendida en el peor de los sentidos: se dice Dante y La divina comedia y punto, se dice Dostoievski y Crimen y castigo y punto, se dice Joyce y el Ulises… estoy fascinado por la historia de Francia.

Al personaje Taranne, profesor universitario, vanidoso y sumido en una serie de confrontaciones absurdas e inquietantes provenientes del mundo exterior, se le acusa de pasearse desnudo en público, de haber ensuciado una cabina de playa en la cual él nunca había estado. Se sugiere, se piensa que ha reservado un lugar de un buque, de lo cual él no se acuerda. El rector lo trata de plagiario en sus cursos universitarios. Poco a poco, una impresión de irrealidad inunda los absurdos diálogos y se ve al profesor Taranne dudar de él mismo, como si su interior comenzara a disgregarse. Trágica por la situación cómica, por los pretextos que se invocan, e irreal por la imposibilidad de probar los hechos, la historia se desarrolla como un sueño, tomando en algunos momentos la huella de la pesadilla. Basada en una obra de Arthur Adamov, él mismo constata que el público reacciona en dos niveles muy diferentes: se adhiere inconscientemente al personaje central pues cada uno de nosotros ha soñado o ha tenido miedo de encontrarse desnudo y avergonzado en medio de una muchedumbre, o duda de uno mismo frente a preguntas insidiosas; o se solidariza conscientemente con el personaje en su realidad: no somos profesores universitarios, vanidosos y plagiarios. Estas dos reacciones de identificación y de solidaridad, permiten brotar la emoción acompañada de su risa provocadora.


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Asumimos la literatura y el arte como caminos, lugares de encuentro y desencuentro. #ApuntesDeCaminante. ISSN: 2462-893X.

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