Estoy en una estación de trasporte público esperando, casi lo que más se hace estos lugares, y dos adultos mayores que conversan sobre las cualidades de los gobernantes de turno y las comparan con las de sus contemporáneos, a la vez que hacen un inventario de las obras materiales e inmateriales realizadas por los mismos, me enseñan una parte de la historia. Es inevitable no transportarme a su época e imaginar cómo era la ciudad, el país o el mundo con todo y habitantes. No es difícil lograrlo porque me quedo viendo fijamente el brillo de los ojos de uno de ellos, quizá el brillo de su juventud, el único brillo de la única juventud, aquel lago cristalino en donde todo nos vimos por primera vez una única vez. Cuando regreso a mi época, luego de disfrutar el aire más limpio, la seguridad y confianza de los que nos acompañaron en las calles, la poca contaminación y demás inventos acordes a la época, los dos viejos se despiden y uno de ellos se queda sonriendo. No sé si es mi sonrisa, o es el viejo el que me observa desde mi cuerpo, pero el saber algo nuevo, y haberlo vivido en los ojos del anciano, me hace más sabio y menos viejo, por lo que dejo que se lleve mi cuerpo y se vaya feliz con su nueva juventud.
Nunca sabremos dónde nos será relatada la historia ni dónde la viviremos, ni dónde la inventaremos.
