Crónica de Juliana Gómez Nieto. Fotos de Diego González.
A las tres de la tarde la Avenida Nueve de Julio se había convertido en el parqueadero de cientos de colectivos y en las inmediaciones del micro centro no quedaba un solo espacio para estacionar, sobre los andenes, en medio de los árboles y bajo los carteles que lo prohíben había autos.
La mayoría de los asistentes llegó desde el mediodía para encontrar lugar. Porque aunque en el pueblo argentino marchar es una costumbre arraigada ninguna marcha es tan multitudinaria como esta. La única a la que asisten casi todos los sectores políticos de la sociedad sin importar sus diferencias –salvo quienes defienden ideológicamente la dictadura-.
El olor a choripan y el tun tun de los bombos se escuchaba desde las calles de San Telmo –barrio contiguo a la Plaza de Mayo-, los transeúntes que aún no se habían integrado a la multitud apuraban el paso para escuchar el discurso de las Madres, quienes encabezaban la manifestación que se extendía 15 cuadras hasta el Congreso de la Nación.
Por cada una de las amplias y elegantes avenidas que desembocan en la plaza llegaba un brazo de la marcha hasta que el lugar quedó casi intransitable. Algunos asistentes comenzaron a circular por los andenes en dirección al Congreso para observar las comparsas que venían por Avenida de Mayo y que no llegarían a la plaza por falta de espacio.
Los andamios de varios de los edificios públicos que están cerca a la Casa Rosada y que se encuentran en remodelación se transformaron en palcos. Los primeros en subirse fueron los jóvenes pero después personas mayores empezaron a trepar por la estructura con ayuda de los que ya estaban arriba.
Todas las generaciones estaban presentes: ancianos, adultos, jóvenes, niños y muchos bebés en brazos de sus padres. En medio del sonido de los trombones y las trompetas la gente sonreía, se abrazaba, y alguno lloró de emoción cuando inesperadamente aparecieron muchas mariposas de distintos colores y formas que se posaron sobre las cabezas, manos y hombros de varios de los asistentes.
La congregación parecía un carnaval debido a la diversidad de fenotipos, colores de piel, edades, clases sociales y banderas presentes; no sólo las de los tradicionales partidos del país sino también la Wipala, la Mapuche y la del pueblo Qom, además de la bandera LGTB y hasta la de Colombia que ondeó al ritmo de las gaitas que sonaron en la manifestación.
Cerca de las seis de la tarde en una de las esquinas de la plaza una fotógrafa subida sobre un auto sacaba una foto a un joven encapuchado en el instante en que quemaba una de las banderas de Estados Unidos, que el nuevo gobierno había puesto en los edificios estatales por la visita del presidente de ese país. La única presencia del presidente Macri en la marcha fue en forma de muñecos y marionetas portados por manifestantes que critican su modelo de gobierno.
Muchos asistentes marcharon de forma independiente mostrando sus propias consignas, o la foto con el nombre de su familiar desaparecido, y otros, congregados en pequeños grupos intervinieron la marcha con coreografías, performance y comparsas. Como un grupo de adolescentes de no más de quince años, vestidos de colores llamativos que se ataron los unos a los otros con una cuerda y marcharon portando un cartel que decía: “Los lápices siguen escribiendo”.
Por un día, muchos de los sectores políticos y sociales del país, que el resto del año permanece divididos por diferencias ideológicas o simplemente por tradición política, marcharon juntos, cada uno con su respectiva bandera y su canto particular. Pero juntos al fin y movilizados por una misma causa: decir Nunca Más.
Los argentinos tienen esa alegre melancolía en su mirada y en sus gestos. Como el tango transmiten una tristeza profunda y al mismo tiempo una alegre dignidad que hace que hasta la más dolorosa de las conmemoraciones parezca una fiesta. Por eso aunque el 24 de marzo de 1976 fue una fecha nefasta para su historia cada año salen a marchar para no olvidarla y así impedir que se repita.

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