
BUSCA UN MUNDO QUE TUS PADRES NO PUEDAN DESTRUIR
Busca un mundo que tus padres no puedan destruir
donde los miedos que heredaron no sean admitidos,
donde las luces que los guiaron se apaguen al unísono
y los estándares de vida que los moldearon se desdoblen en tus manos.
Contribuye a un mundo nuevo,
desiste de la propaganda, rechaza el modelo,
busca un mundo que tus padres no puedan destruir
donde el valor de las personas no sea pesificable,
donde el éxito sea un cuento que nadie se traga
y los mártires crucificados cuelguen mudos de la pared.
Busca un mundo que tus padres no puedan destruir,
la vedette se lamenta sobre sus tetas desmoronadas,
sus caderas ya no arrancan ni un solo suspiro,
ningún cuello torcido queda a su paso,
ha perdido todo aquello para lo que un día vivió: los demás.
Desaparecen los dogmas, las certezas, los asideros,
los símbolos de una era se disuelven:
las figuras políticas de mayor peso,
los grandes deportistas, los astros,
las voces de una generación
se apagan una por una,
son arrastrados hacia el olvido por los vientos de cambio
que no dejan de soplar,
nunca dejan de soplar,
desde que el mundo es mundo y hay vida en él.
Los episodios violentos, trágicos, conmovedores
que sacudieron los cimientos de todas las sociedades,
que suscitaron el interés de la opinión pública,
que fueron tema de discusión en hogares, lugares de trabajo y mesas de bar
no podrán ser expresados en lenguaje alguno,
no tendrán nada que decirnos a nosotros,
callarán, de forma inexorable,
para siempre.
Cuida bien tus errores, protege cada fracaso,
guarda celosamente el dolor de todas tus caídas,
que nadie te quite la posibilidad
de familiarizarte con el suelo,
de andar kilómetros y kilómetros en la dirección equivocada,
de mapear tu propia existencia en este mundo
para bien o para mal, para eso es que estamos acá.
Toma tu cabeza y condúcela a toda velocidad contra esa pared
sólo hay un modo de aprender y ellos también lo comprobaron así
después de un millón de caídas
o más.
NO ES UNA PELOTA CORDIFORME
El tiempo que pasamos mirando por la ventana
no volverá hacia nosotros de ninguna manera,
las horas de la tarde
que dedicamos:
a escudriñar la calle a través del mosquitero,
a horadar el vidrio con nuestra miradas inquietas,
sosteniendo en alto la expectativa, hasta la caída del sol
fueron un mal negocio, un gasto innecesario,
dilapidamos juventudes a la espera de la persona indicada
y el teléfono
¡ay, el teléfono!
los mensajes, las llamadas
que no vienen
que no llegan
que nunca encuentran,
siendo el teléfono una posibilidad concreta de acercamiento,
una herramienta para mascarar la timidez, el mutismo,
la falta de coherencia emergente en estos casos
lo que sea, que fuera una impedimento;
un silencio displicente envuelve a mi teléfono
lo convierte, en cierto sentido, en cómplice de esta tragedia.
Son extenuantes las horas de vana expectación
y es tan roñoso el desdén que recibimos
a cambio de las horas más devotas, aguardando la llegada,
qué retorcido pasatiempo tienen algunos:
distraer la trayectoria de los proyectiles que lanza Cupido ,
ni siquiera una excusa, mediocre, poco creíble, para tal delación
tan sólo una espera que no trae nada.
Tengo chocolates derritiéndose en una caja brillante
y un jazmín,
arrancado del jardín vecino,
perfumada ofrenda del encuentro soñado,
que se rinde
triste, cabizbajo y descolorido,
desfallece oxidado en un vaso de agua en la mesa del comedor.
La vendimia de este amor se ha demorado más de la cuenta,
los frutos se descomponen, se desprenden del tallo y ruedan al piso
donde pronto se volverán hospedaje de gusanos y podredumbre.
Encender la ilusión, fomentar el apego, insinuar un futuro compartido
para concluir yéndose al mazo de un modo tan brutal,
¿con qué objeto?
Todos los cobardes son mis destinatarios,
todas las perezosas que aún no se han decidido,
para ustedes va mi mensaje:
si no van a amarnos, si no hay interés, ¡carajo!
mejor decirlo desde un comienzo,
no es el romance materia para tibios indecisos,
así evitamos este ayuno de placeres, posibilidades y desenlaces,
así evitamos cifrar nuestras esperanzas en amantes incapaces,
que no están a la altura
siquiera de sus propias dudas.
TRUNCO
A las últimas flores de mi vida
las riega el llanto de familiares y amigos
que, anulados, empobrecidos, enroscados,
vienen a despedirse.
Viudas, prestamistas y usureros
llegan para corroborar la firmeza de la sentencia.
Nadie queda satisfecho con este mísero desenlace,
con esta victoria pírrica de la mente sobre la materia,
con esta clausura definitiva de las posibilidades, de la oferta
que yo tenía para este mundo.
Fui arrancado de la oscuridad un seis de mayo,
veintitantos años atrás, y ahora
vuelvo hacia ella sabiendo:
que no fue tan profundo el surco
que dejé en la memoria
de aquellos y aquellas que me dieron
la oportunidad de ingresar en sus vidas,
colándome en sus historias como un polizón ferroviario,
que le abrieron la puerta a mis conflictos, a mis
temores, a mis inquietudes, a mis teorías conspirativas, a mi estupidez,
a mi lobreguez y a mi todo lo otro,
que los hacía reír o los atraía o les daba igual;
que no fue tan densa la trama
que logré tejer
con sus caminos y el mío, lo hice,
como todo,
a las apuradas, improvisando,
sin artesanía sin compostura sin precisión
pero agradecido
por cada hueco de sus almas donde pude filtrar
las sombras y mi, débil
y poco frecuente, luz;
que no fue tan intenso el transe
que nos mantuvo en vilo
como dos sobrevivientes al naufragio,
abrazados bajo la tormenta, como acróbatas
sin ensayo sin practica sin red
carentes incluso hasta de la fe
pero llenos de buenas intenciones, de ese genuino,
y nada fácil de encontrar,
amor.
La forma, el sitio, el cuándo
no importan,
lo que dejo atrás
no importa,
lo que ellos tienen por delante
no importa,
es otro el quid de la cuestión;
en algún rincón olvidado
quedaron los deseos, las ganas
de transformar, de cambiar, de ayudar,
de empujar fuera de esta existencia
la mueca burlona de tantos que se salen con la suya y viven
a sus anchas, pisoteando el sueño de los débiles y confundidos,
entre los cuales,
felizmente,
siempre me conté.
Yo quise borrar esa mueca,
ese objetivo me desvelaba, me abatía, me entusiasmaba pero ahora
le cierran la tapa al cajón, lo empujan bóveda adentro,
ahora todo queda inconcluso;
el viento se lleva mi granito de arena.
Una breve biografía
Me llamo Juan Altamiranda, tengo 28 años, nací y viví toda mi vida en la ciudad rioplatense de Berisso, en la provincia de Buenos Aires. Mi padre fue obrero fabril, mi madre es ama de casa y soy el menor de cuatro hermanos, todos varones. Cursé mis estudios primarios en una escuela local y el secundario en una escuela técnica de Ensenada. Trabajé durante seis años en el Astillero Río Santiago, en la sección de calderería, fabricando tuberías de ventilación y muebles en chapa fina para los buques. Estoy cursando las últimas materias de la carrera de Comunicación Social y disfruto de la escritura en todas sus formas, así se trate de artículos periodísticos o de cuestiones más literarias.
