
El otro día en una charla que dio Cristian Alarcón, cronista y director de la revista Anfibia, la más importante del género en Argentina, habló de lo difícil que era para las personas empoderarse como escritores ya que todo conspiraba para que no escribieran: la novia, los amigos fiesteros, el jefe y sobre todo los hijos. “Hay que atravesar mil obstáculos para sentarse a escribir y lo peor, es que cuando uno por fin lo logra, no escribe nada bueno”. Sin embargo, agregó que es ahí donde comienza la escritura, en ese confrontarse.
Estas palabras nos hicieron reflexionar acerca de cómo se concibe en nuestra época la labor del escritor ya que hay distintas miradas. Por un lado están los que consideran que saber escribir es un talento y por lo tanto los escritores son receptáculos de una especie de don con el que se nace o no. Por otra parte, estamos los que consideramos que la escritura es un músculo que se desarrolla a través del entrenamiento, es decir la disciplina en el tiempo y la reescritura.
Escuchar a un escritor que uno admira, decir que él también tiene momentos de bloqueo, es poner a la escritura en un lugar humano; cosa de la que nos olvidamos muchas veces por ese mito que se ha creado en torno a ella. El mito de que ser escritor es escribir “bien”, publicar periódicamente o ganar un premio, lo cual es propio del campo disciplinar de la escritura y de los agentes que buscan legitimarse.
Ahora bien, hay de escritores a escritores podrían decir los lectores. Y sí, hay de músicos a músicos y de cineastas a cineastas; pero eso no indica que aquellos que no han ganado un Grammy, un Oscar o no han editado un libro, sean menos legítimos que los que sí, por lo menos para quienes hacemos Literariedad pues creemos que si alguien pone su tiempo y energía en la creación de una obra y lucha contra la pereza, la comodidad y la frustración del bloqueo creativo, entonces es también músico, cineasta, escritor.
Existen múltiples formas de narrar e infinidad de temas sobre los cuales escribir, pero toda escritura requiere de un proceso de soledad y de reflexión, ya sea que se escriba desde la experiencia o desde la imaginación; puesto que lo que hace a un escritor especial, es su subjetividad y ésta, para manifestarse por medio de las palabras escritas necesita de dos cosas en vía de extinción: silencio y tiempo.
En Literariedad creemos que escritor no es necesariamente el que publica o gana premios, aunque el proceso de significación de toda obra se complete en el momento en que alguien la lee y la resignifica, y el sentido de todo texto sea el de ser puente entre las subjetividades.
Personalmente, creo que ser escritora es más que ser nombrada por los otros, es reconocerlo en las horas que paso cada día pensando en la historia, mientras espero el colectivo, me baño o escucho un diálogo callejero. Es el dolor en la espalda que me agarra después de estar sentada horas escribiendo y sentir que no hay nada bueno, pero que tal vez, mañana, o pasado, pueda sacar de todas esas hojas un pequeño extracto con sentido.
Por lo tanto, consideramos que escribir tal como cantar, bailar, esculpir, cocinar, etc., pueden ser una profesión o un pasatiempo, según como se lo tome cada ser humano. Pero todas estas actividades parten de la necesidad que tenemos en común y es la de comunicar algo, aunque a veces desde el principio no sepamos muy bien qué o cómo. Pues escribir es además tomar decisiones y empezar a definir ese qué o ese cómo; algunos lo saben desde antes de sentarse frente a la hoja y otros lo van definiendo sobre la marcha.

Gracias, es una forma de expresar una realidad con la que convivimos diariamente.