Nacido en 1933, en el seno de una familia con antepasados polacos, franceses y judíos, Roman Polanski tuvo que vivir, como gran parte de su generación, una infancia dura y desgarradora bajo la ocupación alemana. En la Polonia de postguerra creció bajo la reglamentada disciplina marxista que impregnaba toda la vida pública y cultural.

Por: Juan Guillermo Ramírez
Dotado, extrovertido, sensible y arrogante al mismo tiempo, Roman Polanski se convirtió en actor juvenil como consecuencia de una serie de casualidades que, vistas retrospectivamente, no parecen desprovistas de natural lógica. De las obras radiofónicas pasó a las películas interpretando, entre otros papeles, el de uno de los jóvenes miembros de un grupo clandestino de resistentes en la primera película de Andrzej Wajda, Una generación. Aquellos tempranos contactos con cineastas creadores le ayudaron, sin duda, a entrar en la Escuela Estatal de Cine de Lodz.
Naturalmente, Polanski fue uno de los principales animadores de la vida social e intelectual de la Escuela, y no tardaría en contribuir a que adquiriese reputación internacional. En 1957, su tercer año en la Escuela, dirigió un cortometraje experimental de veinte minutos de duración, Dos hombres y un armario. Desde la actual perspectiva, aquella melancólica metáfora –dos hombres que salen del mar llevando un enorme y anticuado armario, que no encuentran dónde colocarlo en este mundo corrompido y vicioso, y que terminan por volver a arrojarlo al fondo del mar- contiene una formulación de las futuras preocupaciones de Polanski, sorpresivamente plena y lúcida; su fascinación por el agua, por ejemplo, o el tema de la inocencia que acaba siendo derrotada al enfrentarse a la corrupción.
El cortometraje que le sirvió para diplomarse, al año siguiente, titulado Cuando caen los ángeles, distó mucho de lograr impacto. Al abandonar la Escuela, Polanski se dirigió a Occidente, en lugar de integrarse, como es habitual, en la industria cinematográfica para pasar algunos años de aprendizaje como ayudante de dirección. Sus antecedentes familiares (Polanski nació en Paris en 1933) y su dominio del idioma lo llevaron a Francia. Allí pudo observar por primera vez el tipo de presiones existentes en los países occidentales. Regresa a Polonia, dirige y coproduce con Jean-Pierre Rousseau y actúa en su corto, Le gros et le maigre (1961):
Inmediatamente empezó a trabajar en el proyecto de su primer largometraje, El cuchillo en el agua:
Roman Polanski y Jerzy Skolimowski comparten intereses, actitudes y costumbres propias de los hombres polacos de su generación, aunque sus concepciones y temperamento son diametralmente opuestos. Skolimowski, nervioso y ególatra, trata todas las cosas, y a todo el mundo, según la conveniencia de su propio talento; Polanski, sin embargo, y a pesar de su superficial arrogancia, tiene un concepto de la vida más imparcial y pesimista. Estas distintas actitudes emotivas se ensamblaron en el trabajo sobre un tema común. Polanski se siente atraído por el agua y disfruta mucho con todo tipo de deportes acuáticos. Es comprensible que las secuencias de navegación a vela constituyen para él una labor plenamente agradable. Por el contrario, Skolimowski, según ha manifestado, siente una especie de repulsión ante cualquier extensión de agua.
En Los mamíferos (1962), premiado en los festivales de Tours (Francia) y de Oberhausen (Alemania), Polanski repetía aproximadamente, la misma fábula pesimista con dos hombres y un trineo, en un paisaje nevado y frío.
Sin embargo, la revelación mundial de Roman Polanski se produjo con su primer largometraje El cuchillo en el agua (1962), en donde exhibía ya netamente algunas constantes de su dramaturgia –unidad de lugar y pocos personajes- al articular un tenso drama psicológico centrado en un conflicto triangular y generacional, protagonizado por un matrimonio “ya establecido” que va a pasar el día en su yate y por un joven, intruso en su intimidad, que acaba seduciendo a la mujer. La sorda rivalidad de los dos hombres, que por sus diferentes edades y posiciones sociales reproducía el tema de la rivalidad edípica, el sabio clima erótico de la cinta y su factura, muy al estilo de la “nueva ola del cine francés”, hicieron de Polanski un creador muy singular en el marco cinematográfico.

Dejando de lado el episodio perteneciente a Les plus belles escroqueries du Monde (1963), el primer largometraje que dirigió después de abandonar Polonia fue Repulsión (1965)
Se trata en realidad, de un auténtico “tour de force”, nacido de una sola idea, maravillosamente desarrollada, filmada y montada para conseguir el mayor impacto. El viejo tema de Polanski de la inocencia enfrentada a la corrupción sigue en pie, aunque ahora se tiñe de lóbregas sombras sexuales y sádicas. Por primera vez, Polanski intenta manipular al público al modo de un Alfred Hitchcock, aunque sin poseer, todavía, la tranquila confianza y el malicioso humor del maestro. En este sentido, Repulsión anticipa la brillante teatralidad de otro filme mucho más sofisticado: El bebé de Rosemary (1968):
Roman Polanski lanzó con Cul-de sac (1966) un nuevo reto a la ortodoxia de los géneros al situarse entre Franz Kafka y el teatro del absurdo, en un marco situacional tomado de la comedia británica y protagonizada por una joven ninfómana, su marido grotesco y desvirilizado, y unos gánsteres intrusos en su mansión. Por vez primera, sin renunciar a su habitual situación de tensión psicológica y de suspenso, Polanski ironiza aquí a los personajes, según el humor expresionista arraigado en la cultura polaca. Esta inflexión humorística anunció la feliz parodia de El baile de los vampiros (1967), desmitificación cómica y sexual de género de los vampiros, que también interpretó como actor. Si el mito del vampiro es demoníaco, Polanski pidió al demonismo la inspiración de su siguiente película, El bebé de Rosemary (1968), basada en la novela de Ira Levin, “La semilla del diablo”, al patético itinerario de Rosemary, sometido a un implacable cerco demonológico por su marido y sus vecinos, ofreció tres elementos de gran novedad e interés; la presentación cotidiana y prosaica de los brujos, que podrían ser nuestros propios vecinos; el inquietante margen de duda acerca de si la historia demoníaca es una alucinación de Rosemary como las de Carol en Repulsión; y al final, en el que instinto maternal puede más que la repulsión diabólica. El bárbaro asesinato de Sharon Tate, esposa de Polanski, en 1969, fue inevitablemente asociado al coqueteo demonológico del director. Pero lo cierto es que este trágico episodio abrió un paréntesis de incertidumbre en su obra, cerrado con un Macbeth (1971), que tuvo en contra suya el ser una tragedia demasiado conocida y no pudo deparar la sorpresa de lo insólito o inesperado, característica de Polanski. Después realizaría ¿Qué? (1973), una brillante, pro intranscendente comedia erótica, fiel a su dramaturgia de la concentrada unidad de lugar y de acción.
Llamado personalmente por Jack Nicholson, Polanski arriba a un nuevo género que se única al mejor estilo de un “polar” a lo Raymond Chandler: Chinatown (1974). Después, Roman Polanski realizando un viejo proyecto, realiza Piratas (1986) una historia sin sabor, un western marino. Con El inquilino (1976), construye una fábula negra sobre la despersonalización, llevada de la mano de Isabelle Adjani, una fábula que le cae como anillo al dedo y hace salir a la superficie, como olas nauseabundas, un pasado no muy lejano. Es una película de una extraña belleza, inteligente.

En 1979 adapta del escritor inglés Thomas Hardy, Tess (1979), una película romántica sobre el inconsciente traicionado de esa mujer interpretada por Nastassia Kinski. Es la tentación de la pureza, lejos de esa violencia siempre presente en su vida. Tess es la pasión por fin recuperada, encontrada. La película está dedicada a Sharon Tate, como una manera, por última vez, de exorcizar los demonios que lo alimentan. Búsqueda frenética (1988) ayer, Lunas de hiel (1992) hoy, basada en la novela de Pascal Bruckner, es la historia de un extraño paralítico que se encuentra, en medio de un crucero por Estambul, con una joven británica y con el tono confesional, desnudan con las palabras sus amores tumultuosos con una mujer mucho más joven.
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