
La historia es un cúmulo interminable de piedras una junto a la otra de todos los tamaños, formas y colores. Sobre cada una de ellas se han construido casas, chozas, castillos, rascacielos, iglesias, cementerios, hospitales y hasta mataderos; en medio de ellas han corrido todos los ríos y minerales móviles junto a los peces y cangrejos, las ranas y las hojas secas; con cada una de ellas se han quebrado cráneos, se han castigado prostitutas, se ha jugado a que reboten en un lago y hasta se han matado aves indefensas; todas fueron usadas como balón de camino a algún lugar; sin importar el uso que le hayamos dado en las cavernas, en el renacimiento o en el siglo de las máquinas que fabrican hombres, cada piedra que existió desvió el curso de un árbol para que este tuviera qué hacer y en qué pensar mientras crecía sin remedio, mientras algún dios se manifestaba a través suyo hasta llegar a morir en forma de flor o de fruto.
Yo digo que la historia es la mejor literatura que se hizo y, por su parte, la literatura es la mejor historia que podremos leer. Y digo que la poesía, por su parte, es las dos cosas a la vez, lo que la sitúa en un escalón lejano en la pirámide, casi que en un lugar inaccesible para el moho, para las ratas que se comen lo muerto, pero no para las cucarachas de hace veinte siglos que le hacen cosquillas con sus antenas inquietas en las plantas de los pies. Así que si queremos conocer la historia leamos literatura, y viceversa.
La historia cada vez pesará más y, siempre, tendremos que cargarla en los hombros porque, de tanto recibir instrucciones de cada uno de nosotros y de los demás, no camina.

Muy buena reflexión y expresada de forma muy cuidada. Me ha recordado tu reflexión a un texto de Mircea Elíada en el que se establece que es la Historia al hombre moderno lo que los mitos cosmogónicos a las culturas primitivas.