
Adondequiera que vamos hay alguien a nuestro lado. Aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque, según los ojos, no estén ahí, hay alguien de pie, firme, resistiéndolo todo junto a nosotros.
Camino para refrescarme el cuerpo y la cabeza; me gusta respirar el aire que me golpea con suavidad al desplazarme. Me gusta que mis piernas sean las responsables de mi vitalidad y que las manos con las que escribo se balanceen despreocupadas, libres. Aquel día, mientras caminaba, me crucé con un viejo que me saludó levantando la mano llena de tierra negra. Le correspondí el saludo detallando que la mía estaba limpia. Más adelante, un niño jugando con piedritas, me lanzó una y carcajeó. No le presté atención porque otro niño me golpeó por el otro costado a la vez. No me había recuperado de la sorprendente casualidad cuando, por delante y por detrás, me golpearon dos piedritas lanzadas, por supuesto, por dos niños diferentes a los dos anteriores. En menos de lo que canta un gallo me encontraba en medio de una llovizna sólida casi liberadora. Aunque no me molestaba, porque parecía más un juego, retrocedí para alejarme de los tantos niños que ahora me atacaban con su felicidad. Desaparecieron de inmediato y, para mi sorpresa, junto a mí, estaba el viejo de las manos entierradas riéndose como niño. Reímos juntos hasta que le pregunté si sabía lo que había sucedido. Me respondió que adondequiera que vayamos habrá alguien a nuestro lado lanzando piedritas para que construyamos sobre cada una nuestra casa.
Así, pues, tendré que confesar que tengo tantas casas construidas como recuerdos y, si la vida me lo permite, construiré una sola casa inmensa con cada una de ellas. Mi casa será el mundo entero y, desde allí, le lanzaré piedritas a quien pase.
