
Los espejos existen para que el hombre invisible que somos pueda verse desde casi cualquier perspectiva mientras el hombre físico que somos se observa en ellos. Existen, como paredes, para crear fronteras entre lo que está en ellos y lo que no. Son una pieza extra que pudiera sobrar sin alterar el buen funcionamiento del mundo. Pero no, todo espejo completa el caleidoscopio que nos define y nos finiquita cada vez más; todo espejo nos fragmenta hasta hacernos digeribles, predecibles, cifras. Los espejos, pues, son artilugios de la vida para preservar la mala memoria a corto plazo y mantenernos cerca.
Justamente frente a un espejo conocí mi primer rostro. Era la primera vez que nos veíamos, por allá en mi primera década de vida, y fue algo parecido a lo que sería conocer a cualquier desconocido siempre: fuimos amigos pronto. Mi nuevo amigo era un niño con gesto de viejo o, mejor visto, un viejo que parecía joven, un viejo noble encerrado en la juventud. Vi cómo siguió mis instrucciones aun luchando contra su voluntad porque parecía no ser capaz de permanecer un minuto quieto: se quedó viéndome sin pestañear. Era dócil, lo que lo hacía parecer real. Era como un animal doméstico que no protesta por la injusticia. Era, en realidad, un animal doméstico frente a frente con su otro yo salvaje que se sorprendía de todo lo que puede lograr una bestia porfiada. El animal doméstico contemplaba con pasividad y paciencia a la bestia mientras pensaba que con técnicas antiquísimas, como el aparentar obediencia, se puede subyugar a las piedras. El animal doméstico, domesticó al salvaje que lo creó y ahora, hoy, lo cuenta.
Fue la última vez que nos vimos. Fue la última batalla que tuve con la obediencia. Desde entonces, practico la legendaria técnica conmigo mismo.

Reblogueó esto en irsedecasa2014.