No es la muerte una cosa del otro mundo.

Se vio al espejo. Sí, tengo labios, y ojos, en efecto. ¿Cómo puedo estar vivo aún? En alguna parte al menos debo tener una bala. Me acosté inseguro de vivir... Sonrió. Siempre lo hago.
Fue a la ventana y se hizo una pregunta sobre la carta.
Seguramente no la habrá leído. Sonrió de nuevo, pero ahora su sonrisa precedió una lágrima. ¿Y si la lee…?
Volvió a la cama y se tendió, de reojo vio el teléfono.
No. Fue antes de la llamada, cuando firmé el sobre y puse la instrucción: «Carta que deberá leerse el día de mi muerte». No fue la llamada, aunque se implica, recuerdo, algo para ti, el mismo café, a las ocho. No. En fin no fue la llamada, tampoco la carta, tal vez cuando ella la obtuvo y me miró sorprendida. Cuando me hicieron el primer disparo. Fue todo, qué digo, nada, ¿qué ha sido? Me confundo.
Se llevó las manos a la cabeza.
Lo peor es que debo ir a trabajar.
Alguien tocó la puerta.
Al abrir, un hombre le entregó un cuchillo y explicó, desplazándose a la ventana con lentitud:
─Será más contundente.
─¿Ha leído ella?─ preguntó el inquilino.
─ Eso ya no tiene importancia. Tráigame el cuchillo, por favor.
─No puedo ahora; debo ir a trabajar. Si me mata podrían despedirme.
─Tráigame el cuchillo, por favor. No es la muerte una cosa del otro mundo.
Quien iba a morir cerró la puerta. ─Como usted quiera─ dijo.
─No. Como yo quiera no. Usted escribió la carta.
─¡Sea rápido entonces! ─le ofreció el cuchillo─. Aún tengo tiempo de abordar el bus.

Muy hermoso.