Si hay una revolución, pareciera estarse gestando en otra parte. Tal vez en la pena, en el indignado silencio de los invisibles, en las miradas de hartazgo, en las palabras dolorosamente masticadas y tragadas como si uno se comiera diariamente su propia lengua. Esta revolución invisible empieza a atravesar muros, a resquebrajar ideológicos diques de contención del discurso dominante…