No existe el miedo en «Pezríoluna» de Martín Echeverría, ni la desesperanza; lo habitan la luz cegadora de trascendencia en las cosas, lo atávico donde se conjura la lluvia en el patio del cielo «para que dios aprenda/ la soledad de uno».
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No existe el miedo en «Pezríoluna» de Martín Echeverría, ni la desesperanza; lo habitan la luz cegadora de trascendencia en las cosas, lo atávico donde se conjura la lluvia en el patio del cielo «para que dios aprenda/ la soledad de uno».
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Hambrienta. Como una fiera, la noche se vino encima. Esperaba agazapada detrás de la última cortina. En el más escondido rincón del día. Como la muerte espera detrás de las puertas más extrañas. A partir de cierto momento en la vida las noches se esperan así. Feroces, traicioneras. Ese momento es cuando se cruzan las dos últimas fronteras: la del tiempo y la de la fe. Ninguna tiene retorno. Yo las crucé. Ahora estoy afuera.
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Decir poesía implica además, un plantarse ante el mundo, un sostener con el cuerpo (con el cuero diría Yupanqui) tu propia producción, tus ideas, tu estética (también desnudar tus contradicciones y tus límites)…
Martín Echeverría
