Marcel Schwob fue un escritor raro y exquisito. La historia lo atraía, pero no en su enunciación oficial, sino en los intersticios donde la imaginación se mueve libremente. Y más aún que la historia, le interesaba la poesía que hay en toda existencia pasada. De esa mezcla, de la historia y la poesía, surge una de las obras mayores de la literatura francesa.